sábado, 9 de mayo de 2026

GALLETAS DE LIMÓN

 

Me llamo Ramón. En mi colegio nadie se llama Ramón, solo yo. Si alguien pregunta por Ramón, todos saben quien soy y donde estoy. Me buscan en el aula de 4ºC, o en el patio de recreo, o en el pabellón, y me encuentran, seguro. El nombre más parecido al mío es el de Ramiro, de 5ºA. Se llama así por el patrón de su pueblo. Su madre prometió al santo que, si el niño nacía bien, le llamarían como él.

Yo llevo este nombre por mi padre. Bueno, él se llama Rubén, pero el abuelo se llama Ramón y la abuela Moncha, que dicen que es lo mismo. No quiere perder la tradición. Siempre fue un niño de papá, como dice mi madre, muy pegado a papi y a mami. Yo, la verdad, nunca lo vi pegado a nadie. Pero mi madre es así.

Mi madre, cuando está de buen humor, me llama Ramonchu. Esos días me deja jugar con la Tablet más tiempo, y si se lo pido, me quedo a dormir con los abuelos.

Mi madre es muy suya. Cuando está de mal humor, siempre me dice:

—¡No me toques la pandereta, Ramón!

Esa frase me pone en guardia. Me digo: “cuidado Ra”. Yo a mí mismo me llamo Ra. Volviendo a mi madre. Tiene muy mala leche. Lo quiere controlar todo. Siempre me manda ordenar mi habitación, quiere saber lo que he hecho en el colegio, si he comido el bocadillo, y así todo…

Como trabaja hasta tarde los miércoles, meriendo en casa de los Ramones, mi madre los llama así. A mis abuelos. Son muy simpáticos. Mi abuela Moncha siempre me da la merienda que yo quiero: un bocadillo de tres pisos de nocilla.

 

La orientadora de mi colegio es un poco chunga. Un día le dije en voz baja:

—Vete a tomar por ce, u, ele, o.

Lo dije así, deletreando para que no lo entendiera bien. Siempre me está haciendo pruebas de esto, y de aquello. Que si el coeficiente de inteligencia, que si capacidades de esto, de aquello otro… Le gusta que le cuentes cosas, te pregunta mucho. Y como hay que estar un buen rato con ella, le cuento de todo por no aburrirme.

Harto me tiene.

Así que se lo dije: “Vete a tomar por C-U-L-O” ¿Por qué no voy a poder deletrear? Pero no es tan tonta como parece, me oyó y lo entendió. Y ale, ya tuvo que venir mi madre a hablar con ella. Y todo empezó porque le dije:

—Tengo varias amigas mariposas.

La señora orientadora me miró con los ojos como platos, y me dijo que era muy bonito tener gusto e interés por los animales, siendo, además, las mariposas unos seres tan lindos. Pero eso era una cosa, otra diferente, pensar que son mis amigas. Y venga insistir. Y venga repetir que ese juego lo tengo que abandonar, que es irreal. Entonces, fue cuando se lo dije:

—Vete a tomar por C-U-L-O.

 

De camino a casa, mi madre no hablaba. Al pasar por la heladería de Rufino, le pedí que me comprara un helado de chocolate, ¡qué me encanta! Ni me miró, ¡oye!

—¡No me toques la pandereta, Ramón!

¡Huy, huy, huy! Pintaba mal, la cosa. Se mascaba la tormenta.

No había acabado de cerrar la puerta de casa, y ya gritaba:

—¡No sé qué voy a hacer con este niño y sus mariposas! ¡Hoy no hay Tablet, y te quedas en tu habitación hasta la hora de comer!

 

Es verdad que tengo unas amigas mariposas. Son estupendas. Me divierto más con ellas que con la Tablet.

Me acompañan al colegio. Me están esperando al pasar por el parque todos los días. Las veo enseguida porque tienen muchos colores y brillan. Me siguen volando. Algunas veces me acompañaron hasta el aula.

—Marcharos, marcharos —les dije yo. Nos comunicamos con la mente.

No quería que las viera la profe, que es muy exagerada y se espanta por todo.

Un día entraron conmigo, y las vio revoloteando alrededor de mi cabeza. Entonces dijo:

—¡Qué mariposas tan bonitas! Vamos a dejar que vuelen fuera, Ramón.

Y les abrió la ventana. Yo prefería que me hicieran compañía, sería más divertido, pero ella empezó a darles aire para que se fueran. Y yo ya les dije:

—Ale, esperadme en el parque, nos vemos a la salida —es que temía que la profe les hiciera daño.

 

Y todo esto se lo tuve que contar al sicólogo.  Mi madre quiso llevarme a un sicólogo profesional. Mi padre no estaba por la labor.

—Mujer, el niño tiene mucha imaginación. Déjalo, ya se le pasará.

¡Pero buena es mi madre! Buscó un sicólogo que le recomendó una amiga suya, y allá fuimos: mi madre, mi padre y yo. Mi padre y yo éramos reacios, íbamos de mala gana. En la sala de espera, mi padre se sentó con los brazos cruzados y cara de fastidio. Yo le imité. Mi madre nos enviaba miradas asesinas, pero nosotros como si nada.

Era una chica. Me hablaba muy bajito y suave. No me cayó mal. Llevaba el pelo rojo y un piercing en la nariz. Le volví a contar lo de las mariposas. Me escuchaba con interés y me hacía preguntas: qué relación tenía con mis padres, qué tal en el colegio, si tenía amigos… Se parecía un poco a la orientadora, quieren que les hables mucho rato.

No sé qué les diría, pero mi madre estaba más relajada cuando salimos. A mi padre le oí refunfuñar:

—Ya te decía yo que el niño tenía mucha imaginación —y me rascó la cabeza con cariño, es su manera de decirme que me quiere.

 

Durante unos días mi madre me observaba con demasiada atención para mi gusto. No me perdía de vista. La pillaba mirándome cuando levantaba la cabeza. Pero como nadie mencionó a las mariposas, yo tranquilo. Seguí jugando con ellas.

Un día llegaron tarde y sofocadas.

Me dijeron que lo sentían. Lo habían pasado muy bien conmigo.

Al parecer su tiempo libre se había terminado, la naturaleza las estaba llamando y no volverían.

¡Qué pena! pensé.

Las vi alejarse y desaparecer, y sentí una opresión en el pecho, en el sitio donde el muñeco de ciencias tiene el corazón. Apreté las lágrimas para que no se me escaparan, no quería que me vieran llorar y me llevaran otra vez a la sicóloga. Era muy maja, pero una vez y no más, gracias.

Volví la vista atrás. Vi el seto donde descansaban vacío, y pensé que yo nunca las olvidaría. Seguí caminando. Era el mes de junio y se acababa el curso. Llevaba en la mochila las rosquillas de limón que me había hecho mi madre, mis preferidas. Vendría el verano y las vacaciones. Jugaría hasta tarde, iría a la playa, vería a mis primos. Llegaba lo mejor, y pensaba divertirme a tope.

                                           Del libro: LO QUE CUENTA EL VIENTO

                                           Autora: María Antonia Fernández

                                           Editorial: Medulia